♦
Mariposas del Caraguatá
♦
Yo
no sé bien qué pensaba en aquél entonces, pero mi cabeza siempre se empeñaba en
robarme el silencio y escupírselo a la noche. Mi cuerpo
entretejía redes pensantes. Entre ellas, que solían preguntarse
cosas, contarse otras y reproducirse si pegaban onda, estaba yo,
intentando dormir. Entonces mi cuerpo y mi cuarto eran un gran caos
de ideas y preguntas. Como una telaraña mal construida, como una línea gigante de subterráneos donde no existen señales de tránsito:
choques, suicidios, policías, sirenas, o como una niña impaciente
de cachetes fosforescentes que espera al nuevo día para
irse de viaje.
Claro
que me resultaba imposible dormir, sin embargo lo que a veces lograba
era dormitar. De todas maneras la noche se pasaba bastante rápido,
al día siguiente nos levantábamos bien temprano porque el viaje que
nos esperaba era largo. Tomarnos el 343 hasta Tigre, viajar 2 horas
en colectivo y sacar el pasaje de la lancha colectiva. Y acá viene
mi parte preferida, porque sacar el boleto para la lancha de
pasajeros no era cualquier cosa. Las lanchas pasaban con una
frecuencia de 2 horas, esto significaba que si la perdías ibas a vivir
con dos horas menos de felicidad y dulzura en tu
vida. Siempre llegábamos con media hora de anticipación para poder
comprar los boletos sin apuro, para hacer las compras en tierra como
el almuerzo, la merienda, los fósforos, siempre los fósforos porque
en la isla se humedecían, carbón para el fuego, agua potable de 5 o
10 litros y papel higiénico. La cartera de mamá iba cargada de
cosas desde que salíamos de casa; la yerba, el mate, las cartas, el
off matamosquitos, la linterna, la maya y mis brazitos: el infaltable
inflable naranja que se ajustaba como un brazalete para niños para evitar ahogarme en el río.
Hija
a levantarse, decía mamá sacudiéndome para salir. Y ahí siempre
pensaba lo mismo Ah, al final algo pude dormir. Me levantaba con una
sonrisa gigante y respiraba. Pocas veces como esas hacía tan
consciente mi respiración. Me preparaba la cara, los dientes, me
colgaba la mochilita que ya estaba lista desde el día anterior, como
yo, y guardaba el walkman. ¿Estás lista, Eliana? Y yo revisaba con
mi memoria el interior de la mochila: lápices de colores, hojas,
cds, walkman, pulover, un libro para leer, mi cuadernito de
anotaciones, birome, ¡Listo Má!
En
Tigre nos encontrábamos con el resto de la familia: los tíos, los
abuelos, los primos y Fede, mi primo preferido.
Fede
era mi compañero, mi mejor amigo, mi primo hermano. Durante la niñez
y principios de la adolescencia jugábamos a lo que fuera, siempre me
hacía tentar de la risa. Eramos fanas de las aventuras y juntos
buceábamos la isla del Tigre como nadies. Caminábamos por los
terrenos de los vecinos, nos perdíamos en los bosques enormes de
pinos altos y barros profundos, nos hamacábamos en el fondo del
jardín y cazábamos mariposas o bichitos de luz. Pero lo que mejor
hacíamos juntos era mirar. Observábamos todo sin darnos cuenta, cada
detalle, cada partesita del aire, del agua -con los brazitos,
obvio-, o cada pedazo del suelo.
Pasamos
muchos fin de semanas en la isla del Tigre. Todos eran lindos,
especiales y mágicos. Pero hubo uno muy distinto.
Esa mañana habíamos perdido la primer lancha de las 9 y eramos un montón de familia; mi tía, mi tío, mis siete primos, mis primos de San Juan, mi tía Peluda, mi mamá, mi papá y mis abuelos. Cuando terminamos el almuerzo en la isla, nos fuimos con Fede a recorrer la casa abandonada de al lado, a la que mi familia llamaba “la casa del relojero”. Por lo que nos contaban, tiempo atrás había vivido un viejo relojero. Pero me resultaba muy extraño, un relojero en una isla, ¿qué hacía? La gente isleña no mira la hora, se guía por el sol y menos que menos haría un regalo con forma de reloj. ¿Para qué hacía relojes ese señor? Nunca pude entenderlo. En fin, la casa del relojero tenía 2 pisos totalmente abandonados. Los pisos eran de madera y estaban muy deteriorados por el agua, en ciertas partes, el piso había sido totalmente comido. Pero algunas cosas seguían manteniéndose: recuerdo una mesa que tenía cajones, algo parecido a una mesita de luz. Con Fede revisábamos los cajones cada vez que íbamos y siempre encontrábamos algo distinto. Los cajones tenían fotos viejas, cartas escritas por el relojero, pilas viejas y arandelas con tornillos y pinzas. Esa tarde, con la comida en la panza, subimos hasta el segundo piso como pudimos, tratando de no pisar nada flojo para no caernos y una vez más abrir el cajón. Entonces Fede encontró un tarrito negro, chiquito, del tamaño de un rollo de fotos que nunca habíamos visto. Con cuidado le sacamos la tapa y encontramos lo que no podíamos explicarnos ni creer: un esqueleto de mariposa envuelto de un papel. Cuando desenvolvimos la mariposa, nos dimos cuenta que la hoja llevaba algo escrito con una letra en miniatura. Eres como una mariposa, envuelta en ese brillo mágico que penetra en mis horas, en mis recuerdos, en mis sueños. Que me acompaña a donde vaya, que me hace sonreír y embelesa cada una de mis mañanas. Hubo un silencio de esos que absorben todo el aire que queda en el espacio y te prohíben respirar. Por un segundo imaginé al relojero, un hombre gordísimo contemplando una mañana isleña por la ventana mientras le dedicaba estas palabras a su enamorada. Atónitos y maravillados a la vez seguimos revisando queriendo encontrar otro tarrito mágico. Pero no encontramos ninguno. Para colmo muchas de las cartas que otras veces habíamos encontrado estaban tan mojadas que ni podían leerse. Aunque algunas todavía quedaban vivas. Leímos tres. No me acuerdo que decían las otras dos, pero de una nunca me voy a olvidar. Era una carta escrita por él hacia la mariposa o hacia la mujer que nombraba como mariposa. Entre los recuerdos que tengo, tuve que agregarle palabras para crear conexión entre algunas frases y otras. Algo parecido a esto era lo que decía aquella carta: Querida, te extraño, tanto que ya ni el río me sirve de consuelo, que ya ni la música me sirve de puente hacia mis recuerdos. Algún día, ojalá, puedas leer esta carta que escribo con todo mi corazón. Desde hace días tiré todos mis relojes al río. Sí, ahí están, abandonados y pesados en el fondo del Caraguatá o donde sea que la corriente los haya arrastrado. Mezcladas con el barro están las agujas y los tiempos que absurdamente intentaba coordinar. No uso reloj desde hace rato. Sentí que eso me alejaba aún más de vos. Y lo único que deseo en este momento, querida mía, es volver a tenerte cerca, tan cerca como lo que siento por vos en el fondo, sin agujas, de mi cuerpo.
Esa mañana habíamos perdido la primer lancha de las 9 y eramos un montón de familia; mi tía, mi tío, mis siete primos, mis primos de San Juan, mi tía Peluda, mi mamá, mi papá y mis abuelos. Cuando terminamos el almuerzo en la isla, nos fuimos con Fede a recorrer la casa abandonada de al lado, a la que mi familia llamaba “la casa del relojero”. Por lo que nos contaban, tiempo atrás había vivido un viejo relojero. Pero me resultaba muy extraño, un relojero en una isla, ¿qué hacía? La gente isleña no mira la hora, se guía por el sol y menos que menos haría un regalo con forma de reloj. ¿Para qué hacía relojes ese señor? Nunca pude entenderlo. En fin, la casa del relojero tenía 2 pisos totalmente abandonados. Los pisos eran de madera y estaban muy deteriorados por el agua, en ciertas partes, el piso había sido totalmente comido. Pero algunas cosas seguían manteniéndose: recuerdo una mesa que tenía cajones, algo parecido a una mesita de luz. Con Fede revisábamos los cajones cada vez que íbamos y siempre encontrábamos algo distinto. Los cajones tenían fotos viejas, cartas escritas por el relojero, pilas viejas y arandelas con tornillos y pinzas. Esa tarde, con la comida en la panza, subimos hasta el segundo piso como pudimos, tratando de no pisar nada flojo para no caernos y una vez más abrir el cajón. Entonces Fede encontró un tarrito negro, chiquito, del tamaño de un rollo de fotos que nunca habíamos visto. Con cuidado le sacamos la tapa y encontramos lo que no podíamos explicarnos ni creer: un esqueleto de mariposa envuelto de un papel. Cuando desenvolvimos la mariposa, nos dimos cuenta que la hoja llevaba algo escrito con una letra en miniatura. Eres como una mariposa, envuelta en ese brillo mágico que penetra en mis horas, en mis recuerdos, en mis sueños. Que me acompaña a donde vaya, que me hace sonreír y embelesa cada una de mis mañanas. Hubo un silencio de esos que absorben todo el aire que queda en el espacio y te prohíben respirar. Por un segundo imaginé al relojero, un hombre gordísimo contemplando una mañana isleña por la ventana mientras le dedicaba estas palabras a su enamorada. Atónitos y maravillados a la vez seguimos revisando queriendo encontrar otro tarrito mágico. Pero no encontramos ninguno. Para colmo muchas de las cartas que otras veces habíamos encontrado estaban tan mojadas que ni podían leerse. Aunque algunas todavía quedaban vivas. Leímos tres. No me acuerdo que decían las otras dos, pero de una nunca me voy a olvidar. Era una carta escrita por él hacia la mariposa o hacia la mujer que nombraba como mariposa. Entre los recuerdos que tengo, tuve que agregarle palabras para crear conexión entre algunas frases y otras. Algo parecido a esto era lo que decía aquella carta: Querida, te extraño, tanto que ya ni el río me sirve de consuelo, que ya ni la música me sirve de puente hacia mis recuerdos. Algún día, ojalá, puedas leer esta carta que escribo con todo mi corazón. Desde hace días tiré todos mis relojes al río. Sí, ahí están, abandonados y pesados en el fondo del Caraguatá o donde sea que la corriente los haya arrastrado. Mezcladas con el barro están las agujas y los tiempos que absurdamente intentaba coordinar. No uso reloj desde hace rato. Sentí que eso me alejaba aún más de vos. Y lo único que deseo en este momento, querida mía, es volver a tenerte cerca, tan cerca como lo que siento por vos en el fondo, sin agujas, de mi cuerpo.
Yo
terminé de leer antes que Fede, lo leíamos hacia adentro y cuando
los dos terminamos no hicimos nada, o nada que el otro pudiera
enterarse, porque yo pensaba un montón, tanto como la noche anterior a viajar a la isla.
Ahí
estábamos los dos, quietos en el segundo piso de la casa del
ex-relojero, sumergidos en un silencio que dejaba escucharse. Por
primera vez podía escuchar silencio y nada más que silencio. Mi
cabeza pensaba, sí, pero pensaba tanto y tan rápido que yo no podía
escuchar nada, yo era una cosa y mis ideas otra. Ninguno de los dos
quiso mirar al otro. Yo me sentía nerviosa, tímida y a la vez más
grande. Habíamos descubierto sin dudas el amor que nos teníamos.
Porque nosotros también cazábamos mariposas, pero nunca habíamos
usado reloj, no sabíamos qué era eso que hacían los grandes,
buscarse en la muñeca una hora. Fede y yo íbamos al colegio,
viajábamos a una isla y mirábamos, y para eso no necesitábamos reloj.
A partir de esa tarde cada uno llevó para siempre su tarrito mágico
del sin tiempo en el corazón, para abrirlo con quien tuviera otro
tarrito mágico y llenarse de mariposas que burbujean el aire.
Anoche
lo volví a ver, como otras tantas veces. Nos vimos
con veintidós años e igual de lindos. Durante toda la noche jugamos tentados, bailamos, nos
emborrachamos, nos dimos mil abrazos, miramos y nos miramos. Qué bueno saber que cada uno sigue con su tarrito
mágico vivo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario