Me
hacía la que no pasaba nada. En el fondo de mi jardín, adentro de
la piezita musical; la ventana dando al viejo roble, al sonido de los
pájaros y yo en forma de profesora dándole clases a él. No quería
admitirlo, pero un nuevo alumno me gustaba. La habitación empezó a
llenarse de hojas y de remolinos que querían chuparnos y llevarnos a
su centro. Ninguno de los dos lo permitíamos, no, por favor, nos
quedábamos ahí, como personas grandes y bobas en el borde del
remolino haciendo fuerza para no fluir entre toda esa energía
magnética. Es cierto lo que digo, lo recalco porque ni yo podía
creer que estaba yendo en contra de esa catarata de cosas lindas de
aspecto libidinoso. Pero no podía hacer nada; yo era la Profesora de
canto.
-Si
lo lees de la forma rara, a Rayuela le falta un capítulo, ¿sabías?
-No,
no lo sabía.
<<Tampoco
sabía que leía Cortazar, es perfecto>> pensaba para mis
adentros.
-¿Qué
hay del otro lado del jardín?
-Más
jardín.
-¿Puedo
ir a ver?
-Sí,
obvio.
-Fah,
este árbol, es hermoso.
-Sí,
lo plantó mi abuelo. Tiene montonazo de años. Este lugar es
especial y mágico. Desde chiquita venía a juntar hojas y me
entretenía buscando seres vivos diminutos.
<<Aunque
intentaba mostrarme libre y natural, no podía dejar de replantearme
las cosas que le estaba contando siendo su profesora. Me gustaba un
alumno, me volvía loca, pero era su profesora y la ley dice que los
profesores sólo enseñan. Pero, ¿dónde estaba el artículo de los
profesores que tienen sexo y corazón?>>
Él
se aleja y vuelve con una flor, me mira, sonríe, la entrelaza con
mis pelos y la deja sostenida en mi oreja. No nos damos ningún beso.
Pero estamos casi apoyados en el árbol besándonos a distancia,
mirándonos y enseguida tememos y nos escapamos mirando hacia otro
lado. Entonces alejarse y respirar fuerte y alguna que otra palabra
en el medio sin sentido, sólo porque las palabras tienen que estar,
quedan bien y nos desconcentran de la excitación.
Ese
día él se fue enseguida, su clase terminó cinco minutos después
de que me decorara con una flor pero antes de irse me dijo que tenía
la tarde libre, así que iba a ver en qué la ocupaba. Cuando le abrí
la puerta llegó mi otra alumna a la que no pude enseñarle casi
nada. Cuando ella se fue me tiré enseguida de cabeza al jardín.
Respiré, respiré y respiré como si en el aire hubiera podido
encontrar la respuesta de lo que tenía que hacer. Seguí pensando
sin pensar en nada porque las ideas me daban tanta fiaca, aparecían
y yo las echaba de mi cuerpo apenas llegaban, es que detesto, odio
las estrategias amorosas. Mi mente quería exhalar mariposas y mi
corazón ya las exhalaba. No aguanté más y le escribí un mensajito
al celular, diciéndole que ya no podía ser su profesora y lo
invitaba esa tarde a recorrer mejor el jardín. Me respondió
tocándome el timbre, dos minutos después de enviarle el mensaje. Ya
estaba, ya lo adivinábamos todo. Besarnos, hacernos amor, flores,
canciones, invitarlo a la isla, irnos a la isla ese mismo fin de
semana, besarnos con luz de vela porque en el tigre de verdad no hay
luz, cantarnos y fuego cerca del agua que después el fuego se hace
agua y viceversa, y saltearnos un capítulo y todo lo sabíamos
apenas mi alumno tocó el timbre como ex alumno.
Y
saltearnos un capítulo y todo lo sabíamos. También estábamos
apoyados en un árbol, unos cuantos días después, cuando le tapé
los ojos y le pedí que dijera una palabra. Él dijo Miedo. Y yo
lloré. Porque ya lo sabía. Él era mi alumno y yo su profesora,
nunca dejamos de serlo. Él seguía aprendiendo de algo que en
realidad yo creía estar aprendiendo de él. Siempre tuvo miedo,
excepto de a ratitos donde, estoy segura, se olvidó de las cosas y
viajó conmigo jugando a ser rayuelas sin números, tan sólo siendo
pies que saltan cuadraditos dibujados con tiza blanca.
Ayer
volví a verlo. Estaba en la plaza junto con amigos que tenemos en
común. Hablamos, miramos y les propuse un juego: cada uno a su vez
debía correr con los ojos cerrados un espacio de la plaza, siete
metros aproximadamente, en línea recta hacia donde yo estaba
esperándolos para sostenerlos cuando llegaran y guiándolos si
llegara a interponerse algo extraño en el camino. Cuando le tocó el
turno a él, lo hizo muy bien, hasta que confesó que había abierto
los ojos. Yo también quise jugar, y él se ofreció a sostenerme.
Corrí, más valiente que nunca, hasta que mi pecho se golpeó fuerte
con algo, y ese algo era él. Vaya a saber porqué él también
decidió cerrar los ojos cuando se había ofrecido a ser mi guía.
Siempre
corro con los ojos cerrados, confiando en el otro, cuando el otro
quizá nunca haya confiado ni en su propio camino. Y siempre me duele
en el pecho, siempre en el mismo lugar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario