en el cuerpo en la fotografía en la música en el arte de combinar palabras y estrujarlas y acariciarlas contra mi contra lo otro,

sólo soy lo que toco; una cuerda en movimiento, un viaje, mil cuentos dentro de otro cuento.

miércoles, 26 de septiembre de 2012









Me hacía la que no pasaba nada. En el fondo de mi jardín, adentro de la piezita musical; la ventana dando al viejo roble, al sonido de los pájaros y yo en forma de profesora dándole clases a él. No quería admitirlo, pero un nuevo alumno me gustaba. La habitación empezó a llenarse de hojas y de remolinos que querían chuparnos y llevarnos a su centro. Ninguno de los dos lo permitíamos, no, por favor, nos quedábamos ahí, como personas grandes y bobas en el borde del remolino haciendo fuerza para no fluir entre toda esa energía magnética. Es cierto lo que digo, lo recalco porque ni yo podía creer que estaba yendo en contra de esa catarata de cosas lindas de aspecto libidinoso. Pero no podía hacer nada; yo era la Profesora de canto.

-Si lo lees de la forma rara, a Rayuela le falta un capítulo, ¿sabías?
-No, no lo sabía.
<<Tampoco sabía que leía Cortazar, es perfecto>> pensaba para mis adentros.
-¿Qué hay del otro lado del jardín?
-Más jardín.
-¿Puedo ir a ver?
-Sí, obvio.
-Fah, este árbol, es hermoso.
-Sí, lo plantó mi abuelo. Tiene montonazo de años. Este lugar es especial y mágico. Desde chiquita venía a juntar hojas y me entretenía buscando seres vivos diminutos.
<<Aunque intentaba mostrarme libre y natural, no podía dejar de replantearme las cosas que le estaba contando siendo su profesora. Me gustaba un alumno, me volvía loca, pero era su profesora y la ley dice que los profesores sólo enseñan. Pero, ¿dónde estaba el artículo de los profesores que tienen sexo y corazón?>>
Él se aleja y vuelve con una flor, me mira, sonríe, la entrelaza con mis pelos y la deja sostenida en mi oreja. No nos damos ningún beso. Pero estamos casi apoyados en el árbol besándonos a distancia, mirándonos y enseguida tememos y nos escapamos mirando hacia otro lado. Entonces alejarse y respirar fuerte y alguna que otra palabra en el medio sin sentido, sólo porque las palabras tienen que estar, quedan bien y nos desconcentran de la excitación.

Ese día él se fue enseguida, su clase terminó cinco minutos después de que me decorara con una flor pero antes de irse me dijo que tenía la tarde libre, así que iba a ver en qué la ocupaba. Cuando le abrí la puerta llegó mi otra alumna a la que no pude enseñarle casi nada. Cuando ella se fue me tiré enseguida de cabeza al jardín. Respiré, respiré y respiré como si en el aire hubiera podido encontrar la respuesta de lo que tenía que hacer. Seguí pensando sin pensar en nada porque las ideas me daban tanta fiaca, aparecían y yo las echaba de mi cuerpo apenas llegaban, es que detesto, odio las estrategias amorosas. Mi mente quería exhalar mariposas y mi corazón ya las exhalaba. No aguanté más y le escribí un mensajito al celular, diciéndole que ya no podía ser su profesora y lo invitaba esa tarde a recorrer mejor el jardín. Me respondió tocándome el timbre, dos minutos después de enviarle el mensaje. Ya estaba, ya lo adivinábamos todo. Besarnos, hacernos amor, flores, canciones, invitarlo a la isla, irnos a la isla ese mismo fin de semana, besarnos con luz de vela porque en el tigre de verdad no hay luz, cantarnos y fuego cerca del agua que después el fuego se hace agua y viceversa, y saltearnos un capítulo y todo lo sabíamos apenas mi alumno tocó el timbre como ex alumno.

Y saltearnos un capítulo y todo lo sabíamos. También estábamos apoyados en un árbol, unos cuantos días después, cuando le tapé los ojos y le pedí que dijera una palabra. Él dijo Miedo. Y yo lloré. Porque ya lo sabía. Él era mi alumno y yo su profesora, nunca dejamos de serlo. Él seguía aprendiendo de algo que en realidad yo creía estar aprendiendo de él. Siempre tuvo miedo, excepto de a ratitos donde, estoy segura, se olvidó de las cosas y viajó conmigo jugando a ser rayuelas sin números, tan sólo siendo pies que saltan cuadraditos dibujados con tiza blanca.

Ayer volví a verlo. Estaba en la plaza junto con amigos que tenemos en común. Hablamos, miramos y les propuse un juego: cada uno a su vez debía correr con los ojos cerrados un espacio de la plaza, siete metros aproximadamente, en línea recta hacia donde yo estaba esperándolos para sostenerlos cuando llegaran y guiándolos si llegara a interponerse algo extraño en el camino. Cuando le tocó el turno a él, lo hizo muy bien, hasta que confesó que había abierto los ojos. Yo también quise jugar, y él se ofreció a sostenerme. Corrí, más valiente que nunca, hasta que mi pecho se golpeó fuerte con algo, y ese algo era él. Vaya a saber porqué él también decidió cerrar los ojos cuando se había ofrecido a ser mi guía.
Siempre corro con los ojos cerrados, confiando en el otro, cuando el otro quizá nunca haya confiado ni en su propio camino. Y siempre me duele en el pecho, siempre en el mismo lugar.




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